Amor y éxtasis, cielo e infierno

(vía http://www.cookingideas.es/amor-y-extasis-cielo-e-infierno-20100703.html#more-7468 )

El sufismo es la rama mística del Islam. Los místicos aportan el combustible espiritual que mantiene encendida la llama de fervor de todas las religiones. Del sufismo apenas conocemos en occidente al gran poeta Rumí y los célebres derviches giróvagos, que se acercan a Dios a través de una danza-meditación en la que giran una y otra vez, alzando una mano hacia el cielo, tomando la gracia de Dios, y girando la otra hacia la tierra, repartiendo esa gracia entre los semejantes.

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La fotógrafa Isabel Muñoz ha captado con singular delicadeza esa danza sagrada en ceremonias espirituales en Siria, Irán, Irak y Turquía. Las imágenes, y un espectacular montaje de vídeo, pueden verse en la exposición “El amor y el éxtasis” en Madrid, como parte del certamen Photoespaña. Ésta sería la parte del “cielo” del título. La parte del “infierno” corresponde a los pisos bajos del depósito de agua del Canal de Isabel II, probablemente la sala más espectacular de la capital. En ella, Muñoz retrata una faceta del sufismo menos conocida: el martirio y la automutilación como forma de aproximarse a la pureza divina.

Las impactantes imágenes están tomadas durante una reunión de adeptos de la cofradíaAl Qadiriyyah, en Irak, una de las órdenes sufíes más antiguas del Islam suní. Isabel Muñoz es con certeza una de las pocas mujeres no musulmanas en presenciar los tormentos a los que se someten los fieles de esta secta: tragan cristales y cuchillas de afeitar, se atraviesan con puñales, se clavan punzones en la cabeza…todo ello sin sangrar y, aparentemente, sin sentir dolor.

Sin embargo, Muñoz consigue extraer una singular belleza de las imágenes, queentroncan con la iconografía barroca de la Pasión. En palabras del comisario de la exposición, Christian Caujolle,  las obras de aquella época “fueron criticadas y consideradas excesivas, sin embargo, encarnan una edad de oro de la representación del sentimiento religioso”.

Caujolle, junto a Blanca Lleó, es responsable de una magnífica puesta en escena del material de Isabel Muñoz, en el que también hay sitio para el morbo: si en el “cielo” de la sala se proyecta en gran formato a los etéreos giróvagos con la compañía de la música del alma, en las plantas intermedias es posible entrever a través de un parapeto los vídeos del martirologio de los sufíes iraquíes. Aquí no hay barroco ni metáfora que valga: la automutilación de los devotos entra de lleno en el terreno del gore.

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